Sobre esta ciudad, la contingencia de la pandemia

29 septiembre, 2020 Diana Marcela Pena Reátiga
Por: Diana Marcela Peña Reátiga

El cielo de Bucaramanga no se compadece de esta gente que arruga el ceño mientras camina por andenes desprovistos de sombra. Sólo en el casco antiguo subsisten las casas hechas de tapia pisada, los tejados de teja de barro y los solidarios alares. Pocos barrios conservan su forma original, los que quedan son los más bonitos, tienen casas grandes y amplias terrazas. De esta hermosa villa, el nortecito es lo más curtis. Entiéndase por curtis aquello que a simple vista denota pobreza. Allí la mezcla sonora de reguetón, rancheras y vallenatos se hace indisoluble. Esta suculenta realidad auditiva es más fácil de percibir los fines de semana. Su consumo excesivo puede derivar en aborrecimiento de las manifestaciones de bochinche más pegajosas de la ciudad.

 Descrito el ambiente de la ciudad, paso a la contingencia de la pandemia. Esta hizo el silencio, la soledad y la espera. Me gustaría decir que la ciudad quedó vacía, pero sería faltar a la verdad. Más justo es aseverar que la mayoría de los habitantes se agazaparon en sus casas. Se quedaron viendo la tele, leyendo libros que habían olvidado en el armario, escuchando música, tomando tinto o fumando. Eso depende en gran medida de las costumbres y estilos de esparcimiento. Al principio, la gente se asomaba con insistencia a la ventana, como buscando respuestas. Algunos se mostraban intranquilos ante la mirada de los gallinazos parados en los postes del alumbrado público.

 Yo me arrellané en el sofá, a mirar la lluvia, cuando llovía, y tomar tazas de café sin azúcar. Puse el computador bien cerca para escribir historias pandémicas, escuchar música o ver películas antes de dormir. Por la ventana también solía ver a mi vecino de la terraza del frente, a veces meditabundo y con cara de tedio, otras veces, cultivando una mata de cáñamo. Si me hastiaba de esa cómoda rutina, salía a la terraza a lavar la ropa, saltar la cuerda o ver la ciudad extenderse hacia el sur. A veces, todo era perfecto, perfecta la brisa fría venida del norte, perfecto el aroma a flores de Caballero de la noche que llegaba del otro lado de la calle, perfecto el firmamento azulado. 

 No siempre supe qué hacer con el tiempo que antes dejaba ir en juntanzas, tomando cerveza o haciendo viajes. Por primera vez, temí que algún intruso consiguiera usurpar algunos de mis tesoros y mandé poner doble pestillo a la puerta del cuarto. Como parte de las medidas de bioseguridad, tomé varias duchas al día. Me quedaba largo rato bajo el agua, imaginando como mi cuerpo hecho de maíz se descomponía y se convertía en chicha para calmar la sed del pueblo, para embriagar los corazones.

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