Sabernos la naturaleza que lucha*

10/02/2020 Ana María Trujillo

…Y el paciente corazón del mundo

continúa latiendo.

Herman Hesse

POR: ANA M. TRUJILLO

Supongo que cada humano tiene una fantasía apocalíptica. En la mía no hay zombies ni alienígenas ni meteoritos justicieros que se estrellan contra la tierra para restaurar el equilibrio del universo. Mi panorama del horror transcurre entre pestilencias que taladran los pulmones y paisajes sitiados por todas las formas existentes de plástico. Torbellinos de plástico, ríos de plásticos, aludes de plástico, ciudades de plástico. Lo peor de mi apocalipsis es que no está a la altura de su nombre, no es el fin de nada. Sobreviviremos para asumir las consecuencias de nuestra soberbia; seremos la estirpe condenada a vivir de, con, entre y sobre basura, nuestro producto estelar del último siglo.

Lo que hay de fascinante y aterrador en las distopías es que, bien vistas, no hablan al futuro; desnudan el presente. Mi apocalipsis es un acecho cotidiano. Me sobresalta tan pronto pongo un pie fuera de mi casa y me hace insoportables, con algo de suerte, 9 de cada 10 eventos sociales. No puedo entrar a un supermercado sin agobiarme. Donde los demás parecen ver, sencillamente, la vida pasando, yo veo este latigazo providencial:

Esta imagen tan elocuente, aparentemente remota, ya no es advertencia, sino desenlace. Causalidad.

No sé muy bien en qué momento preciso comenzó mi preocupación por la basura, pero fue el trampolín que me llevó de cuestionar mis hábitos de consumo a transformarlos. El proceso ha sido frustrante, difícil y sinuoso, pero incuestionablemente revelador. Y conjugo en pasado no porque ya no lo sea, porque esté libre de retos o contradicciones y viva en un (por lo demás inexistente) paraíso sostenible; tal vez porque ya he instalado el mecanismo interno. Vigilar y problematizar mi consumo es una incomodidad asumida, una condición propia a mi voluntad de desenvolverme. En el camino he comprendido que no hay atajos ni soluciones definitivas porque no hay tal cosa como problemas aislados. Que mis esfuerzos individuales no cambian las estructuras en las que vivo ni me absuelven de las consecuencias inherentes a ellas, pero que tampoco son irrelevantes. Todavía hay días insufribles en los que mi convicción se desdibuja y me tienta llenar bolsas gordas y negras con todo lo que me desborda, creer que al perderlas de vista dejan de ser mi problema. Pero ya no puedo no-saber que es falso. En días así asumo mis limitaciones, me suavizo conmigo y con los demás. Entiendo que no se trata de una mecánica simple, pues el concepto mismo de basura y las prácticas irreflexivas que entraña son un punto neurálgico, una clave para desenmarañar muchas de nuestras catástrofes contemporáneas. La misión es de muchas vidas, de largo aliento, y nunca será unívoca ni lineal. Porque nada lo es.

Son tantas cosas operando al tiempo. La ilusión de fabricarnos una identidad a punta de transacciones y performances; la tiranía del gusto, la búsqueda de satisfacciones inmediatas que desatan comportamientos adictivos; la ilusión de separación, de que hay algo que no nos involucra y no nos corresponde; la desconexión con lo que hay de esencial a la experiencia de la vida en el planeta. El consumismo voraz, disparado en posguerra, ha sido una suerte de compensación a las décadas (siglos) de escasez, destrucción y miseria, con la promesa de la comodidad y el derecho a la indulgencia como estandartes. El plástico, material maleable, versátil, barato y resistente (ñapa de la explotación petrolera), es la indiscutible insignia de nuestra era. Representa el afán de conquista sobre la naturaleza, el tiempo y el espacio: el delirio de masificar, de llevar más lejos, de conservar más tiempo, de simplificar los intercambios, reducir los esfuerzos y maximizar las ganancias, la fascinación por la novedad y el desdén por las consecuencias. 

Aunque es fácil y tentador culparlo, el plástico en tanto material no es la raíz del problema, solo su cara más visible. Reciclar u optar por otras alternativas que mantienen el ritmo y el volumen del consumo son pajazos mentales. El énfasis de los gobiernos, organizaciones e industrias en el discurso del reciclaje es una coartada cuyo subtexto es que la responsabilidad recae sobre los consumidores y el manejo adecuado de sus desechos. Se obvia que la vasta variedad de productos plásticos que se comercian a diario son todos tan diferentes que solo unos pocos pueden reciclarse, que pocas veces hay capacidades instaladas y procesos regulados en todas las fases, que, cuando los hay, estos procesos son costosos y tienen su propio impacto ambiental, y, sobre todo, que una enorme mayoría de lo que se produce es perfectamente prescindible: su producción obedece, como todo, a valores económicos, que no vitales.

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El tema de los sustitutos cae constantemente en la superchería de agregar el prefijo “eco” o el adjetivo “biodegradable” a cualquier cosa para sanar consciencias sin alterar el ritmo frenético de las transacciones. Aquí el epítome del desconcierto se lo lleva la realidad comprobada de que una bolsa de papel tiene un impacto ambiental peor que una bolsa de plástico. Quizá el alivio con estos sustitutos sea más estético que otra cosa. Queremos creer que consumimos mejor porque los residuos que generamos serán “basura” menos tiempo (aunque no nos preguntemos si eso puede suceder o cómo sucede en montañas de bolsas apiñadas en rellenos sanitarios), pero no consideramos todo lo que involucra producirlos y transportarlos, entre otras cosas. Desconfiar de lo fácil es la consigna. Pensar en “culpables” aislados (sea un material, una industria, un hábito) nos mantiene en un incesante relevo de enemigos a vencer, en el que en paralelo y sin percatarnos, seguimos reproduciendo lo que intentamos combatir.

Para mí, la analogía entre lo que pasa en el planeta y lo que pasa en nuestros cuerpos es cada vez más evidente. Basta con agudizar y sintonizar la atención. Envenenamos lo mismo los ríos y nuestra sangre. Nos alimentamos y vestimos con industrias que explotan, asolan, drenan y matan todas las formas y escalas de vida adentro y afuera (neuronas, células, tejidos, órganos lo mismo que especies, ecosistemas y comunidades). Literalmente nos cagamos en el agua, nuestro recurso vital más precioso (ah, ¡pero qué asco los baños secos!). Lo hacemos en nombre del gusto, de la tradición, de la economía: de las coordenadas bajo las cuales hemos hecho de nuestra vida un simulacro. No vemos la relación entre nuestro paquete de papas y el tsunami de plástico en Manila Bay, protestamos contra el fracking pero compramos todo lo que el fracking produce, nos aterran las fumigaciones con glifosato y rociamos por elección nuestras casas y cuerpos con toxinas mercadeadas como asepsia y olor a limón. Nos burlamos de un presidente inoperante e incapaz de tomar acciones contundentes contra la barbarie y el abuso, y mantenemos en nuestro propio cuerpo la ingobernabilidad de las indulgencias transitorias, de las adicciones y las falsas necesidades. Si la comparación les parece exagerada o imprecisa, obsérvense más y mejor. No hay manuales, fórmulas ni absolutos, pero sí algo fundamental: estar dispuesto a cuestionar lo que nos parece normal y hacemos en automático. Radical es dejar de entender y ejercer la libertad como capacidad de consumir y hacer lo que queramos desentendiéndonos de las consecuencias. Esta “libertad”, tan dependiente, tan transable, nos hace funcionales al sistema que nos vulnera y nos desconecta de quienes somos, de lo que podemos. Se dice, pero no parece entenderse: cambiar algo afuera implica empezar a cambiarlo desde adentro.

En estos tiempos en los que la información es otro exceso, saber no basta. De hecho, saber demasiado puede ser contraproducente. Hay algo funcional a la narrativa alarmista que yo misma escogí para comenzar este texto; necesitamos imprimirle urgencia, hay una gravedad real en el estado en el que hemos normalizado vivir. Son problemas masivos e impactantes. Una vez descorremos el velo, lo vemos en todas partes, se hace más apabullante y es casi inevitable deprimirse, neurotizarse o resignarse. Pero saber y no hacer nada, indigesta. Paralizarnos, sobrecargarnos y juzgar son trampas.  

El consumo consciente es algo más profundo que elegir entre marcas, dietas o ideologías. Ponernos la etiqueta de la sostenibilidad o de la consciencia no nos otorga superioridad alguna ni nos absuelve de las crisis. No nos hace la vida más fácil ni más cómoda, no es la manera de salvarnos ni salvar al planeta. Es una búsqueda y un reto constante que implica reconocer y administrar los recursos (naturales, el dinero, pero también la atención y el tiempo) desde la consciencia de la ciclicidad y la conexión entre lo aparentemente remoto, desde la intención de cocrear y sostener las realidades que merecemos.

Lograr cambios estructurales implica acciones de presión colectiva hacia quienes tienen mayor impacto: distribuidores, productores y gobiernos, pero a través de la acción y la responsabilidad individual, no solo se consolida la experiencia, sino que se construyen puentes, lazos y redes comunitarias. Por eso no se trata tanto de convencer como de compartir  y retroalimentar, de ampliar los registros y las maneras. “Lo que necesitamos son optimistas que estén totalmente convencidos que la catástrofe es ciertamente inevitable salvo que nos acordemos de nosotros mismos”**.

La experiencia nunca será intachable ni perfecta, pero creo que es lo que más se asemeja a la soberanía: el ejercicio de reconocer la agencia de la que disponemos en medio de las estructuras, desenchufarnos de la publicidad y sus ficciones, disrumpir el ciclo inagotable de la insatisfacción, de los caprichos y reconectarnos con lo que somos: terrícolas, seres orgánicos, pensantes, sensibles, creativos y dignos. La naturaleza que lucha. Vivimos en absoluta interdependencia. Nada de lo que hacemos es inocuo; nada es perfecto. Pero todo suma.


*Basado en un cartel de @hambrelibros

**F. Schumacher. “Lo pequeño es hermoso”. Ed AKAL; 2011


Si algo de lo que leíste acá te detonó motivaciones, incomodidades y preguntas, te dejo algunas recomendaciones para seguir explorando:

  • Para encender las alarmas y sufrir con la magnitud del problema hay una amplia selección de películas de terror documental en plataformas como Netflix. La serie Sociedad de Consumo y especialmente su capítulo 4 “La mentira del reciclaje”, son una cachetada necesaria. Rotten nos ayuda a comprender las relaciones entre lo aparentemente remoto: ¿mafias y crimen organizado vs demanda masiva de aguacate? Cero grados de separación. 
  • Mi faro indiscutible en este proceso es Mariana Matija. Muchas de las ideas esbozadas acá están ampliamente desarrolladas en sus publicaciones. Mariana es clara, creativa y muy sensata al enfatizar siempre el pensamiento complejo y una visión crítica a las tendencias y las simplificaciones. Es también una curadora fantástica de contenidos y recursos. No me alcanzará la vida para agradecer su trabajo. Exploren su blog y háganse el regalo de tomar sus talleres. https://animaldeisla.com/
  • Los cambios de hábitos tienen cimientos más prósperos en los cambios de paradigmas. Estos ensayos escritos en los 70 problematizan y dan alternativas a la mentalidad capitalista y sus lógicas. Su título precioso lo dice todo: “Lo pequeño es hermoso: economía como si la gente importara”. Les recomiendo fuertemente los ensayos “Paz y permanencia” y “Economía Budista”. https://puntocritico.com/2018/04/01/indice-lo-pequeno-es-hermoso-de-e-f-schumacher/

SOBRE LA AUTORA:

Ana Trujillo (@anamas_te) se formó como socióloga en la Universidad Nacional y trabaja en diferentes proyectos sociales y culturales apoyando temas editoriales y de comunicación. Se dedica a experimentar, compartir y difundir proyectos, herramientas e iniciativas enfocadas en el desarrollo de la creatividad, la sensibilidad, la sostenibilidad y la conciencia.

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