Puerta del sol

2 octubre, 2020 Juan Alarcón
Por: Juan Mantilla Alarcón

Con la incertidumbre del porvenir y el desasosiego por los planes que no florecían, observaba por la ventana a las personas que aún se atrevían a caminar por las calles contaminadas de miedo. Desde mi espacio, un piso 17, parecía imposible pensar que cualquier cosa, por maligna que fuese, pudiese irrumpir y sorprender sin ser vista.

En paralelo, algo empezaba a sentirse distinto. Me encontré en esa habitación pequeña con algo que marcaría el ritmo de los días venideros, un pasaje que llevaba a algún lugar. Si bien estaba aislado y teóricamente fuera de riesgo, no estaba preparado para habitar por tanto tiempo los campos desolados de mi propio ser, vastos bosques, montañas sin cima a la vista, mares profundos entre muchas otras manifestaciones de ese mundo que pensaba conocía.

Recorriendo los montes, entre atmósferas distintas, fue evidente ante mis ojos la desolación. Las aves estrellaban su vuelo contra ventanas invisibles y caían al suelo, el clima danzaba al ritmo del caos mientras la tierra crujía, sucedía de esta forma kilómetro a kilómetro, todo se desmoronaba al unísono con el exterior, como por consecuencia.

En algún punto, no muy claro aún, se proyectó en frente de mí una figura que me resultaba familiar; Podría haber sido mi propia sombra, nunca lo supe. Sin mencionar palabras lograba transmitir sensaciones inimaginables para los escabrosos senderos de aquellos lugares.

¿Cómo podría ese ser estar tan calmado?

“Siempre hay una acción y una reacción, un avance y un retroceso, una elevación y una caída, manifestándose en todas las cosas y fenómenos del universo”, conocimiento del gran Trismegisto, me explicaba.

Está en nosotros el control de la brisa que deja la oscilación pendular que sucede en cada aspecto del universo. Siempre existe el movimiento de un polo a otro, del bien al mal, de la luz a la oscuridad, del llanto a la risa, del sufrimiento al placer. Conscientes de esto encontraremos que lo que nos trajo a este momento podría llevarnos a otro, al otro extremo.

Visitamos los más recónditos lugares del pensamiento, entendiendo apenas pinceladas de una obra de dimensiones gigantescas hasta llegar a lo que él denominaba la puerta del sol, la entrada de vuelta al mundo exterior, la puerta a la iluminación, una estructura que irradiaba paz. Nuevamente su boca permanecía cerrada al tiempo que le escuchaba. Ya sabía cómo regresar a él pero entendí que debía cruzar y hacerlo en solitario, no había mejor manera de llegar a la luz que estando en la oscuridad. Estoy en el lugar correcto a la hora correcta sin importar en qué  polo me encuentre, siempre habrá un camino para llegar al otro lado.

Compartir