Por una ecología local del libro

19 octubre, 2020 Juan Fernando Moreno Rey
Por: Juan Fernando Moreno

Por lo general, cuando me encuentro con un libro –viejo, nuevo, propio, ajeno, deseado, aborrecido– suelo siempre hacerle la siguiente pregunta: ¿Qué hace usted aquí? En un intento por atravesármele en su camino, por hacerle notar que existo y que, posiblemente, lo deseo, me veo hojeándolo y buscando en él alguna señal, un detalle que de alguna manera pueda responder a mi pregunta. En alguna librería, en ferias callejeras, en la biblioteca de algún amigx, los libros portan las marcas propias de su existencia y en ellas se lee su presente, su proveniencia y, por qué no, el futuro que ayudan a construir.

Si me detengo en esa pregunta, encuentro que puede tener muchas caras. Para empezar, puede entenderse como un interrogante por lo que confirma, lo que esconde, lo que constituye o lo que transforma. En otras palabras, por lo que significa ese libro en su contexto. –¿Qué haces aquí fanzine de textos anarco-veganos traspapelado entre las fotocopias de la facultad? ¿Qué hace una hilera de libros de Michelle Obama en una vitrina o en la góndola de un supermercado? ¿Qué hace ese libro posando de lomo en un estante cuando nadie lo ve?–. Un libro nunca está quieto, siempre hace algo. Entre otras cosas, hace su contexto, hace un aquí y un ahora, señala la existencia de un estado de cosas.

Otra manera de entender esa pregunta es como una indagación sobre su origen y sus movimientos. –¿Cómo llegó este libro acá? ¿En qué momento lo presté? ¿De dónde salió? ¿Cómo fue hecho? Un libro siempre vino de otra parte; alguien o algo hizo lo necesario para que ese libro llegara a los pies de la pregunta. Cuando menos, vino de otro lugar dentro de su proceso de creación-producción-circulación, vino de las manos de otro agente dentro de ese sistema. Cuando me encuentro con un libro le miro el lomo, las tapas, la encuadernación, busco que eso me dé algún indicio de su origen, busco las huellas textuales de su pasado y las marcas que sobre él ha dejado el camino que transcurrió para llegar a mis manos.

Y otra manera es entenderla como una pregunta por su intención, su finalidad o su efecto. ¿Cómo se relaciona este libro con mi vida personal, mi estado mental o emocional, mi deseo, incluso con mi cuerpo? ¿Qué efecto tendrá sobre lxs niñxs su libro del plan lector? ¿Qué hace la imagen de un libro en Instagram en medio de un rutinario escroleo? ¿Qué comportamientos busca propiciar, aquietar, introducir, facilitar? Es una pregunta por su carácter social. Los libros dialogan, instauran una conversación incesante entre sí y junto a otros discursos que cohabitan el espacio social, no pueden evitarlo. Y como resultado de esto participan en la configuración de la sociedad y de las subjetividades que se entrelazan en ella.

Pienso en los libros como medios, como pasajes, cuya condición de existencia son las redes semánticas e interaccionales que despliegan. Atraídos gravitacionalmente hacia los libros, conformamos comunidades, prácticas, discursos, y por supuesto también una industria, un mercado, una economía, una sociedad. Como parte de esta constelación, el libro ejerce de punto de encuentro, de lugar común para una variedad amplia de sujetos, los cuales, más o menos dispersos, más o menos cercanos entre sí, configuran un ecosistema. El del libro está conformado por obras, autorxs, traducciones, editoriales, imprentas, distribuidoras, librerías, bibliotecas, lectorxs, profesionales de muy variados ámbitos y entidades públicas. Estos elementos se vinculan entre sí a través de la educación, relaciones comerciales, formas de asociación, espacios de encuentro e investigación, mercados de derechos de autor, y otros tantos más, para constituir este sistema.

Resulta claro, entonces, por qué una pregunta como la inicial suscita formas distintas de entenderla: de una u otra manera una pregunta por un libro es siempre susceptible de ser, al mismo tiempo, una pregunta por algo más, que apunta hacia las personas, hacia las instituciones, hacia los espacios. A través de preguntas como esta se asoma la idea de una ecología del libro, o bien de una mirada ecológica del espacio social del libro.

En todo momento el libro propone intercambios e interacciones: entre la compositora y la lectora, entre la escritura y la lectura, entre las manos que tocaron el libro por última vez antes que nosotrxs, quizás haciendo el gesto de entregárnoslo, y las nuestras. Es por esto que cobra sentido insistir en pensarnos como comunidades, en las que nuestra interrelación constituye el tejido del libro en nuestro territorio. Es preciso, entonces, situar esa ecología en el territorio que conformamos, localizarla, de modo que sirva como insumo para el desarrollo y el fortalecimiento del tejido social en su conjunto. Tornar la mirada hacia nuestro ecosistema del libro, y continuar planteándonos una por una las preguntas que nos lleven a entender nuestro lugar individual dentro del mismo, nuestra forma de habitarlo y de sostenerlo, las redes que construimos a través de los libros, nuestras prácticas de consumo y en general nuestra participación en el mercado editorial en tanto industria cultural.

Formas similares de pensar al entorno del libro prosperan en distintas latitudes de nuestro mundo hispanoamericano –en especial, valga decirlo, en espacios en los que el libro reclama otros valores que no sólo el del negocio comercial editorial– y coinciden, a mi modo de ver, con las propuestas que han venido surgiendo de algunas editoriales independientes y otros agentes del sector en nuestro país; propuestas que ya se encuentran activas en nuestro territorio del Área Metropolitana de Bucaramanga.[1] Artistas, artesanxs, editoriales, instituciones públicas, librerías, ferias, y proyectos de diversa índole suponen el sustrato para pensar en nuestra ecología local del libro, al mismo tiempo que han promovido espacios donde es posible pensar, coproducir y sostener conjuntamente esta forma de entender el campo editorial.

Es cierto que una mirada panorámica sobre el sector del libro en el AMB podría insinuar un ecosistema débil, en donde muy pocas librerías, poquísimas editoriales y escuetos –aunque bienvenidos– esfuerzos institucionales por promover y fortalecer el espacio del libro y la lectura, se dan a la tarea de atender las necesidades y potencialidades de este ecosistema. Según la Cámara Colombiana del Libro, Santander participa del 1,8% de la producción nacional de libros [2], un ejercicio de mapeo del Instituto Municipal de Cultura y Turismo [3] reconoce 19 empresas con vocación editorial, mientras que una investigación de Lado-B [4] identifica 26 librerías en todo Santander. ¿Cuánto conocemos y cómo nos relacionamos, como sociedad, con estas entidades y con el mercado editorial en general? ¿Qué tanto responden a nuestras necesidades y búsquedas particulares? Si nos interesa una ecología local del libro, resultará necesario hallar los momentos y lugares para hacernos estas y otras preguntas, para reconocernos, encontrarnos y dialogar. Este tipo de ejercicios podrán otorgarnos la posibilidad de darle forma y valor a los elementos del ecosistema editorial, de participar en los procesos de producción y circulación de los bienes culturales y, en definitiva, propiciar el ambiente necesario para el crecimiento y fortalecimiento de los ecosistemas culturales.

En medio de este contexto global marcado por la pandemia, en el que nos hemos visto obligadxs a interrogarnos más de lo que solíamos hacerlo, resulta tan urgente como valioso hacer esta ecología, entendernos. En primer lugar, porque el panorama mundial para la industria editorial es desalentador: el comercio de libros se desploma (en Colombia se estima que las pérdidas superan el medio billón de pesos para 2020, la mitad del año anterior); las ferias internacionales fueron transformadas en programas de teleconferencias o suspendidas del todo, en ausencia de claridad sobre su futuro; a la relativa fragilidad de un sector extremadamente concentrado [5] pero a la vez asombrosamente diverso, que se caracteriza por la sobreproducción en un mercado en el que “se editan libros como produciendo yogures” [6], se suman los duros efectos económicos de la pandemia sobre todos los actores de la cadena del libro: el posible cierre de editoriales y librerías, la caída del empleo específico del sector, el esperable desfinanciamiento de programas gubernamentales de fomento,  la disminución de la capacidad adquisitiva de las personas.

Pero, sobre todo, porque tal ecología ganaría para las comunidades un espacio para pensarnos, para pensar en nuestra educación, en nuestros consumos culturales, en nuestra manera de relacionarnos con los productos y lxs agentes de la cultura. Para hacer frente a la incesante marcha de la financiarización y vaciamiento de la cultura. Para hacernos más conscientes de qué libros nos importan, por qué nos importan, quiénes los hacen, cómo, quiénes los leen, cómo. Para saber qué hacen los libros aquí. Porque, en definitiva, el espacio del libro es un espacio intersubjetivo de construcción de sociedad, participando activamente de él nos damos la oportunidad de construir las formaciones sociales que queremos ser. Encontrarnos, intercambiar, hacer memoria, disputar los sentidos. Una ecología local del libro merece ser un proyecto de interés común, que será fortalecido en la medida en que compartamos espacios como este, en donde podamos construir nuestras propias formas de habitar el ecosistema, nuestras prácticas, nuestras redes, nuestros valores, nuestros libros. [7]

____________________________________________________________________________________

[1] En los últimos años se ha dado en la región la emergencia de nuevos espacios y proyectos editoriales independientes que cuentan entre sus intereses principales con la promoción y fortalecimiento del ecosistema del libro desde la edición, la gestión de espacios alternativos como ferias y librerías. Una mención de estas iniciativas se encuentra en Sobre la lectura, la mediación y las comunidades lectoras que podemos ser, en esto.com.co.

[2] Estadísticas del libro en Colombia 2018. Cámara Colombiana del Libro, Bogotá.

[3] Plan Decenal de Cultura y Turismo de Bucaramanga “Bucaramanga Ciudad Creativa, Ciudad Moderna 2030,  Instituto Municipal de Cultura y Turismo, Bucaramanga.

[4] La red editorial en Colombia: compilación de investigaciones sobre el sector, Lado-B, Bogotá.

[5] Sobre el problema de la concentración y una muy valiosa caracterización del sector, véase Caracterización del sector editorial en Colombia, una aproximación al mundo editorial en el país. Lado B, Bogotá.

[6] La edición independiente como herramienta protagónica de la bibliodiversidad, Giles Colleu. La marca editora. Buenos Aires, 2018. Aprovecho la cita para recomendar la lectura de este libro a quienes les interese leer más sobre la edición independiente y los problemas de la sobreproducción y financiarización del sector, escrito en el marco de la Alianza Internacional de Editores Independientes.

[7] Las imágenes que acompañan al texto son composiciones e impresiones de Imprenta Rescate.

____________________________________________________________________________________

Sobre el autor:

Juan Fernando Moreno (@fermorey) vive en Bucaramanga, es licenciado en Letras de la Universidad de Buenos Aires, y co-fundador de la editorial @derrames_. Se ha desempeñado como editor, imprentero, distribuidor y librero, ha trabajado en la organización de numerosas ferias del libro independiente y ha colaborado en la creación de distintos proyectos editoriales brindando asesorías en gestión y producción editorial.

Compartir