Órsay

5 septiembre, 2019 Camilo Carrillo
Por: Camilo Carrillo

Vivir cerca del estadio de fútbol de una ciudad en Colombia es una realidad que se divide en distintos tipos de experiencias muy disimiles entre sí. Mi hogar, que últimamente se siente más como solo el de mis padres, ha estado durante veinticinco años a medio kilómetro de la casa del Atlético Bucaramanga. La estructura en forma de concha de su gradería es una de esas cosas que por siempre van a estar impresas en mi memoria, debido a que la veo cada vez que salgo del barrio para ir a hacer las cosas que uno hace cuando sale de la casa. Tan repetidos están algunos momentos relacionados con ese lugar a lo largo de mi vida que es muy fácil cerrar los ojos y formar en la mente un recuerdo multisensorial de nitidez HD sobre una noche de partido desde afuera del estadio: las torres de luz circundantes a la cancha con sus reflectores encendidos en la máxima potencia, el murmullo colectivo que alienta a los respectivos equipos con la ansiedad y emoción que causa un juego competitivo a punto de iniciar, las siluetas de las pobres almas que no han logrado recoger lo de la boleta para ingresar, moviéndose desesperadamente por las calles aledañas al campo deportivo en una dinámica de rogar y quitar los pesos que encuentren en propiedad de quien se exponga en su camino; el olor a perros calientes, marihuana, cerveza, empanadas, papas bombas, vomito, bazuco, algodón dulce, guaro, sudor, smog y mierda de caballo. Incluso es odorable la tensión que se forma al juntar una fuerza policiva bien versada en las artes de la violencia y los combos del barrismo que se juegan todo en las canchas, las calles y las vidas. Algunas veces esta tensión ha sido cortada con el filo de un arma blanca, extraída de las decenas de caletas que para ese propósito ha creado la hinchada brava en los alrededores del templo del fútbol. La escena resultante se resume en oleadas de cuerpos huyendo, trazando vectores caóticos de uniformes verdes y amarillos en todas las direcciones, contenidos dentro de unas pocas cuadras englobadas en una ciudad que suele conservar la calma.

Otras veces, especialmente cuando los partidos son antes de la caída del sol, el sector irradia un ánimo de fiesta muy similar al de las ferias de un pueblo, con esa misma energía incontrolable que se mezcla en colores, emociones y de-todo-un-poco por la zona, empezando por la música que se vuelca desde las rocolas de las cantinas e invade los cuerpos de a quienes logra tocar. Hay un viso de laxitud frente a leyes o normativas de convivencia que las vuelve, en apariencia, maleables. En estas ocasiones el exterior del estadio se convierte casi en otro campo de juego, en razón a las múltiples y permisivas dinámicas que marcan la antesala de un enfrentamiento profesional entre dos equipos y su respectiva fanaticada. La fiesta antes de la fiesta, un satélite que sigue al mundo del fútbol a donde quiera que vaya.

Cada ocasión en que he visto lo anteriormente descrito voy de paso, atravesando esas pocas cuadras en vía a otro lugar. El futbol nunca ha sido lo mío y sin embargo siempre ha estado, en distintos escalafones, íntimamente relacionado a la vida que llevo. No entiendo el sentimiento de la pasión, pero siempre lo he respetado. Los rituales son importantes para quienes gustan de ellos. Sin importar si el preocopeo, la fiesta y el remate estuvieron buenos, sin importar si se agarraron unos forofos contra otros o contra la policía, sin importar si un jugador le parte el esternón al otro de un cabezazo, la gente siempre cambia un poco luego de un buen partido de balompié, ¿no les parece? 

Entonces, ¿por qué es tan difícil llevar esa transformación de vuelta a las calles? Tomar la frustración de una perdida para mejorar algún aspecto personal que acostumbramos a elevar como culpable de nuestras falencias y dejar de madrear a los jugadores. Celebrar las victorias sin convertirlas en excusas para enaltecer egos y humillar a las contrapartes, dejando a un lado un universo de odios irracionales adscritos a los colores de una camiseta. Suele ser tan denso este odio que sobre él se cimientan, temporalmente, fronteras invisibles alrededor de los estadios en Colombia. Los barrios cambian y la gente se prepara durante los días y horas previas al partido. Los transeúntes evitamos esas calles y una política de miedo que nada tiene que ver con el fútbol se instaura, afectando a los desprevenidos, a los que habitan, a los que visitan y al deporte mismo. Lo bonito que sería sentirse atraído por ese parque deportivo en sus días más festivos, que no todos los recuerdos estuviesen entintados con violencia. Tal vez algún día cuando dejemos de anidar en el retroceso, esas graderías sean un lugar para todos.

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