Loza

09/28/2020 Manuel García
Por: Manuel García

–¡Me voy a bañar a la quebrada! –le dije a mi mamá con la marusa al hombro.

–Aproveche y lava los trastes que el agua no me alcanzó –me dijo la vieja con malicia y picándome el ojo. Más que complicidad fue como un flechazo directo al corazón.

Tuve entonces que sacar las naranjas y los panes, y llenar la marusa de trastes de barro con restos de grasa casi petrificada de tres días de ahorro de agua en la casa. Sí que los sentí restregando el plato de mi hermano, que no lamía hasta la última gota y borona como todos en la casa, por las sofisticadas normas que pretende el que aprende a leer. Quizás sea envidia, porque yo no he aprendido.

Plato a plato y totuma a totuma, disminuí aquella montaña de suciedad. Construí un nuevo monte de rechinante limpieza que el mismo dios se mostró agradecido al brindarme unas moras al borde del camino de vuelta a mi casa.

A la siguiente lavada de cutes, fui un astronauta novato que descubría el pulverizador de platos sucios y expulsaba las partículas al espacio infinito en una estación espacial donde también el agua escaseaba.

En algunas otras ocasiones simplemente repetía la acción de manera mecánica poniendo mi mente y cuerpo en una especie de meditación. Otras veces me alarmaba por la cantidad de agua que gastaba y pensaba en la magia de un páramo que manda líquido por un tubo.

La cuarentena me hizo prestar una especial atención al platillero en el rincón de la cocina. Ha sido, es y será un espacio, junto al lavaplatos, de trance y extraña meditación, quizás interminable. Porque la loza sucia nunca se acabará.

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