La cotidianidad en la pantalla

2 octubre, 2020 laura orostegui
Por: Laura Orostegui

8 a.m.- Revisión rápida de las últimas noticias de amigos, de lo local y lo nacional, un entremés de lo que sucede afuera de mi cama, rápida porque no hay tiempo para entrar en detalles, no hay tiempo de analizar mientras se prepara el desayuno, y me alisto para iniciar el día, ya recargada, con la noticia de una nueva masacre, una mujer violada… el número de contagios aumenta, la muerte aumenta, los precios aumentan.

9 a.m.- Comienza el “teletrabajo”, que muy para mi fortuna me permite la flexibilidad de escuchar música, levantarme de la silla y dar pequeños paseos… pero a la vez debo revisar que las cosas de la casa estén bien, el orden, la comida, el aseo, el estudio de la pequeña, el teléfono que suena, -el internet falla otra vez, se cae, la inspiración se pierde- y las fechas corren, corren afuera porque yo aún sigo en la tienda de la 25 frente a la u- mientras me despedido de mis amigas, la última vez que las sentí. Ya es septiembre y yo sigo en marzo.

12 a.m- Me permito un mal llamado descanso porque debo alimentarme mientras asisto a una reunión. Sí, una tele-reunión, con la organización a la que pertenezco. Debo decir que al principio las reuniones así me encantaban, me quitaban el esfuerzo de desplazarme más de una hora para tener que esperarles otra hora, mientras elles llegaban. Ahora hoy es tedioso, no hay un tema más del que hablar que el activismo virtual, ese que tanto odié y critiqué por años es mi pan de cada día.

De 2 p.m. a lo que queda de la tarde asisto a reuniones de proyectos, tele-estudio, por correos formales realizo mi formación investigativa, por medio de llamadas intento averiguar cuál es la cotidianidad de las mujeres campesinas. Sí, por una llamada de no más de 1 hora pretendo identificar sus sentimientos, sus dolores, sus retos como mujeres y como feministas en este sistema patriarca. Escucharlas me llena, sus fortalezas se hacen mías, las adopto por horas para poder continuar. Hago pausas cada tanto para entrar a redes y revisar qué ha pasado, qué historias en Instagram han subido y me engaño a mí misma creyendo que así tengo una vida social. Subo una foto mía, o de mi comida, de mi paisaje, y así me engaño una vez más.

8 p.m. – En las noches caigo en las reflexiones de la realidad de las pantallas, eso que subí ¿realmente interesa a alguien? ¿Qué busco con una foto mía en una historia que dura 15 segundos? Pero, nuevamente, no hay tiempo para entrar en detalles o planteamientos filosóficos, o críticas y autocríticas. Es el cumpleaños de una amiga y hay que asistir a la Zoom party, hay que demostrar que sobrellevamos esto bien, que no nos afecta, y hacemos promesas de volver a vernos pronto, cuando todes sabemos que aún si las cosas llegan a ser un 10% de lo que eran antes, nos veremos cada tres o cuatro meses porque nuestros trabajos y estudios nos consumen. Pero estamos bien, en redes mostramos que nos reunimos, que seguimos juntos, aún sin saber qué siente cada una de esas personas tras esa pantalla.

11 p.m.- Solo concilio el sueño si tengo el brillo de la pantalla en mi cara, y un mensaje que indica que todo va bien.

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