El día del libro político contra toda hoguera

13 mayo, 2021 Laura Pena
Por: Librería La Cingla

“Cuando oigo la palabra cultura, echo la mano a la pistola”

Goebbels.

El 13 de mayo de 1978 un parque de Bucaramanga fue el escenario de un episodio demencial. Un grupo de jóvenes fundamentalistas católicos de traje, bigote y escapulario, encendieron una hoguera en medio del parque San Pío y, entre avemarías y padrenuestros, fueron tirando a las llamas, uno a uno, una selección de libros de la recién construida Biblioteca Pública Gabriel Turbay.

Libros de autores colombianos como Gabriel García Márquez y José María Vargas Vila, clásicos de la filosofía y la literatura universal como Carlos Marx, Jean Jaques Rousseau, René Descartes, Marcel Proust y Thomas Mann, y otros más de los que no se guardó registro, fueron combustible de una hoguera que ardió durante la noche de ese sábado del 78 junto con revistas de pornografía y hasta biblias protestantes. El objetivo de estos jóvenes un tanto desequilibrados era protestar contra el “libertinaje y la corrupción que ha invadido a la juventud”, como se lee en la nota que salió días después en el periódico conservador El Diario de Bucaramanga.

Créditos: Periódico El Diario / Fotografía: Pastor Moreno

El hecho, por fortuna, no pasó de ser un acto patético que aún hoy hace quedar en ridículo a Alejandro Ordóñez y a quienes recuerdan que hicieron parte de esa escena[1]. A pesar del evidente fracaso de estos señoritos de Bucaramanga que clamaban atención, una hoguera de libros no deja de ser un acto simbólico del exterminio y, por tanto, una premonición de la fatalidad.

Heinrich Heine, el poeta de Düsseldorf del siglo XIX, escribió en 1823: “Dondequiera que quemen libros, al final también quemarán seres humanos”. Sus palabras se leen como dagas, pues predicen lo que sucedería un siglo después en Alemania, donde los nazis iniciaron la expansión de su locura autoritaria, que llevó al genocidio más recordado en la historia de la humanidad, con una gigantesca quema de libros que sucedió entre mayo y junio de 1933. Ese año se celebraron hogueras en diferentes ciudades donde ardió el conocimiento resguardado en las colecciones de libros de bibliotecas y librerías que fueron saqueadas en toda Alemania para quemar el legado de los “decadentes”.

No fue la primera ni la última hoguera que se ha encendido para exterminar el conocimiento, el pasado y la verdad. Por siglos el fuego, atizado por los excesos de poder de grupos humanos, ha exterminado ideas, pueblos y hasta saberes milenarios. América Latina, por ejemplo, perdió durante la colonia todo el conocimiento milenario con la destrucción de documentos y grafía indígena como los códices mayas. Aquí mismo en Colombia se quemaron en la Plaza Mayor de Santafé muchos ejemplares de Los Derechos del Hombre, traducido por Antonio Nariño y distribuido durante la década de 1790. Y durante todo el siglo XX las dictaduras impuestas en los países latinoamericanos han incinerado documentos y libros en un acto agresivo contra el disenso: En Chile se quemaron masivamente libros 12 días después del golpe de la Moneda de 1973 que llevó a la junta militar que impuso a Augusto Pinochet[2]; en Argentina las quemas de libros en Córdoba realizadas en 1976, iniciando la dictadura militar, son el trágico preludio de muchísimas hogueras de libros encendidas en todo el país, y de la desaparición, tortura y asesinato de miles de opositores del régimen[3].

La hoguera de libros como símbolo es el legado de un autoritarismo totalitario que ha emergido en diferentes momentos y geografías del mundo para atacar el conocimiento, erradicar la diferencia e impedir el movimiento de las ideas. El libro como artefacto tecnológico es por excelencia el vehículo “para la construcción y difusión de los saberes, el desarrollo del espíritu crítico y la formación del ser humano”[4]; su peligrosidad consiste en su capacidad de develar otros mundos posibles, de propiciar el pensamiento. Por eso, ha sido condenado a la hoguera una y mil veces por grupos humanos enquistados en el poder que tienen la pretensión imposible de paralizar una sociedad en eterno movimiento. Y es que debemos entender que la cultura, y todas las definiciones que caben en esta sencilla palabra, lejos de ser un oasis de paz en medio de un mundo convulso, es un espacio en tensión. No existe, por tanto, una práctica cultural o un objeto cultural que tenga el aura de lo “apolítico”, de ahí a la cita que abre este texto atribuida al director de la propaganda nazi.

Hoy, quienes asumimos la labor de editoras y libreros, sabemos que hay otras hogueras contra las cuales luchar que ya no son de fuego, pero que siguen restringiendo el acceso al conocimiento y a la lectura, como el fundamentalismo del mercado, por ejemplo. Recordar lo que sucedió el 13 de mayo 1978 en el Parque San Pío de Bucaramanga es importante no sólo como anécdota que predice la fatalidad del presente, que no es necesario detallar aquí. Este acto simbólico tiene la capacidad de revelar las tensiones que se cuecen en el fondo de nuestra cultura y, al hacerlo, nos devela el libro como un objeto político del que es necesario reapropiarnos en el proceso de construcción colectiva de la sociedad y la vida que queremos vivir. Por eso les invitamos a declarar este día como el día del libro político para nunca olvidar que entre nosotros pueden colarse aquellos que, como Alejandro Ordoñez, prefieren que una idea sea exterminada con violencia antes de ver socavados sus privilegios.


[1] https://noticias.canal1.com.co/noticias/fotografo-recuerda-la-noche-en-que-ordonez-quemo-revistas-en-bucaramanga/

[2] https://culturacolectiva.com/historia/quema-de-libros-dictadura-chilena-pinochet

[3] http://www.laizquierdadiario.com/Los-libros-que-la-dictadura-quemo-hace-cuarenta-anos

[4] Declaración internacional de los editores independientes, para contribuir a la defensa y promoción de la Bibliodiversidad, 2014


Sobre Librería La Cingla:

La Librería La Cingla nació en octubre de 2018 en la ciudad de Bucaramanga para fomentar la difusión y circulación de libros, fanzines y otros impresos elaborados por editoriales independientes y autónomas. Compartimos una casa en el barrio La Universidad con la Biblioteca Popular La Hormiguera con quienes hemos construido una agenda cultural diversa que busca ampliar el acceso al libro, y con esto, impulsar la lectura desde el barrio.

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