El arte, la crisis y el sentido

19 septiembre, 2020 Domenico Di Marco
Por: Doménico Di Marco

Crisis como la del COVID-19 ponen de presente que, para naciones y estados como el colombiano, el arte y la cultura están lejos de ser una prioridad política y social. Más allá de las razones evidentes (como la de suponer que en periodos de emergencia se prioriza la gestión de las necesidades básicas de subsistencia), vale la pena preguntarse por qué el arte parece ser accesorio para nuestra sociedad. En consecuencia, tiene sentido conjeturar cuál ha sido el papel del arte en un país como el nuestro, si éste tiene algo que aportar en periodos críticos como el presente y, de ser así, cómo potenciar y direccionar la labor de los artistas. Quisiera aventurar, entonces, una serie de ideas a modo de especulación didáctica que, lejos de ser hipótesis probadas o tipologías claramente delimitadas, permitan tan solo abrir un debate fructífero acerca del presente y el devenir del arte y la cultura en Colombia. 

El proceso de secularización y democratización moderna trajo consigo no sólo la erosión de los referentes simbólicos tradicionales de las sociedades modernizadas, sino la sustitución y aparente atomización de las antiguas instituciones productoras de sentido, como las religiones o las herencias inmateriales. Digo aparente pues, en primer lugar, la modernización está lejos de ser un fenómeno consumado o siquiera absolutamente deseado por numerosas naciones (como sucede efectivamente en Colombia). Asimismo,  y en segundo lugar, el debilitamiento de las instituciones clásicas, esto es de la iglesia, del estado absolutista y de las comunidades tradicionales, ha venido acompañado de la expansión y el fortalecimiento de un nuevo polo de creación, selección e institucionalización cultural: el mercado y los medios de comunicación como su herramienta. En este proceso el arte ha adoptado múltiples funciones y estrategias. Desde asumir una posición subsidiaria y en servicio de la política, la religión, la economía o la sociedad, hasta buscar consolidarse como un estamento autónomo con propósitos propios. Opino que esto refuerza la hipótesis de que, lejos de las pretensiones de los militantes del arte por el arte, el arte parece ser más una función, una técnica —o herramienta si se quiere— que una institución; incluso en el caso de la más radical autonomía, el arte parecería servir más a los propósitos de los artistas, o de la “comunidad del arte”, que del arte mismo. 

El arte es menospreciado en sociedades y estados como el nuestro porque no han sabido asignar un propósito trascendente, efectivo y mayoritariamente aceptado a la función artística. Se me ocurren tres razones, entre muchas otras, de por qué esto no ha sucedido. Sumado al desafiante panorama de sentido en el mundo occidental, en Colombia no se han logrado establecer acuerdos éticos y sociales básicos y universales; más allá de hitos como la Constitución del 91 o de los débiles referentes identitarios, nuestro país parece carecer, no sólo de una visión sociopolítica más o menos unificada sino, incluso, de un territorio y unas reglas de discusión claras y estables. Para Colombia la función artística es irrelevante porque Colombia no tiene ningún propósito en qué emplearla; si el arte es un camino para nuestro país, se trata de un camino que no lleva a ningún lado. 

Esta crisis identitaria nacional ha sido agudizada por la desterritorialización inherente a la globalización de los mercados y la información, así como por la emergencia y universalización del no-espacio digital. Ante la ausencia de un relato nacional (o comunitario) robusto y más o menos consensuado, los colombianos hemos hecho de las necesidades de subsistencia (alimentación, seguridad, salud, etc.) el fundamento de nuestra socialización: ante la ausencia de tradiciones y visiones a futuro, de valores y propósitos compartidos, los colombianos hemos hecho de la explotación de los recursos (con la especialización del trabajo que esta implica) la débil fuerza centrífuga de nuestra nación. De igual forma, frente a un estado que se ha mostrado incapaz de suplir dichas necesidades básicas, los colombianos nos hemos volcado, particularmente desde la apertura económica, al mercado como principal benefactor de la sociedad. Esto ha hecho especialmente vulnerable a nuestra nación frente a las problemáticas asociadas a la globalización financiera y de los mercados; al ser una sociedad fragmentada, sin un eje simbólico común robusto y con un estado prácticamente fallido, Colombia, más que otros territorios, no tiene la fortaleza ni las herramientas simbólicas para enfrentar los retos de la posmodernidad. 

Desde hace al menos un siglo, la economía de mercado ha integrado al arte en su dominio utilizándolo para su propósito de generar más riqueza. Esto ha llevado a una profunda masificación, tecnificación e industrialización de los productos culturales y del oficio de los artistas. Así, el dominio del arte, tanto en lo que se conoce como “el mercado del arte”, como en su papel de herramienta simbólica para desencadenar producción y consumo, se ha convertido en una parte integral del panorama mundial del mercado, permitiéndole al primero —el arte— canalizar recursos y fuerzas nunca antes vistas. Dicha mercantilización y masificación de la cultura ha encontrado innumerables voces críticas y de resistencia; muchas de ellas dejan ver una discusión ética más profunda  —en este punto me parece que no se trata tanto de si el arte debe o no estar asociado al mercado, como de problematizar si la búsqueda de la riqueza es un propósito ético deseable—. Quisiera no profundizar en ese debate. Me gustaría tan solo señalar, que una visión en exceso mercantilizada del arte desconoce y reduce las funciones más fructíferas de la disciplina: las de producir y comunicar sentido (propósito en el que ahondaré más adelante). Por ahora cabe decir que en Colombia dicha relación entre el mercado y el arte también está presente y que, a partir del cambio de milenio, se ha profundizado aceleradamente. Sin embargo, una economía basada casi exclusivamente en commodities, así como una modernización incompleta y la ausencia de políticas de emprendimiento cultural efectivas y sostenidas, la han hecho frágil en exceso. Pareciera que, fiel a la cultura híbrida de nuestra nación, en Colombia el arte no hubiera podido servir cabalmente a los propósitos con que solemos asociarlo en la transición de la modernidad a la posmodernidad pues, ni se constituyó como referente simbólico y ritual de la identidad nacional, ni se transformó completamente en una industria cultural

Hasta ahora el panorama parece enseñarnos que la actividad artística es irrelevante para la mayoría de los colombianos. Cosa que se evidencia no solo en la fragilidad del gremio y la disciplina, sino en la debilidad de las políticas culturales y en la virtual inexistencia de grupos que demanden mejores condiciones para el oficio, entre otros. Por supuesto, esto no es del todo cierto. En la multiplicidad de colectivos y micronaciones que componen a la sociedad colombiana encontramos comunidades en las que el quehacer cultural se encuentra en el centro de su vida social y en las cuales el arte sirve a múltiples propósitos significativos. Entre ellas podemos nombrar a los mismos artistas, para quienes el arte cumple funciones tanto identitarias, como sociales y económicas, así como a muchas comunidades rurales (particularmente las más golpeadas por el conflicto armado), en las que el arte ha servido de herramienta psicosocial y política. Cuesta entender cómo, siendo estos colectivos tan numerosos, no logran dar un lugar más prominente a la cultura en el discurso hegemónico colombiano. Frente a lo anterior, se me ocurren algunas ideas. En lo que respecta a los artistas, pareciera que una arraigada desarticulación (que no los deja actuar como comunidad) les ha impedido construir valores comunes, establecer tradiciones y producir objetivos que les permitan disputar robustecidos en el terreno del sentido nacional. Del mismo modo, la ausencia de una verdadera comunidad del arte en el país no ha permitido que los artistas logren una real representación pública por medio de la política electoral. Igualmente, una relación débil, ambivalente y asimétrica con el mercado (devenida en la ausencia práctica de una industria cultural), sumada a la ya referida inconsistencia de las políticas culturales del estado, ha generado una histórica fragilidad en el oficio, que ha llevado a miles de artistas a abandonarlo o realizarlo mediocre y acríticamente en servicio de las dinámicas fluctuantes del mercado y la política. En relación con las comunidades rurales u otras comunidades tradicionales (cuyas dinámicas no conozco a profundidad), me gustaría tan solo señalar que la centenaria marginalización y represión de la que han sido víctimas, les ha impedido acceder siquiera a las dinámicas más básicas de construcción democrática de la nación. 

Como vemos, el arte como método (siendo una de las manifestaciones más primigenias y universales de la cultura) ha cumplido múltiples funciones a través de su historia y en los distintos territorios en donde se encuentra. Considero que su función como generador y comunicador de sentido es de un valor incalculable. En sociedades como la nuestra, en donde carecemos de una identidad nacional consensuada y aceptada, de unos valores sociales universalmente compartidos o de una visión sociopolítica clara, la función artística es aún más relevante. El arte nos permite, quizás como ninguna otra herramienta, aprehender la realidad (tanto en su multiplicidad como en su inmanencia), articular intuiciones e ideas, comunicar el sentido que se construye y participar de una experiencia colectiva y trascendente. Allí reside la importancia de los artistas y el aporte que estos pueden hacer a un mundo y a un país al borde del colapso como el que tenemos hoy en día. El arte tiene la capacidad de producir y, sobre todo, de comunicar efectivamente los referentes simbólicos que nos van a permitir navegar unidos por las aguas azarosas de la posmodernidad. Para ello considero importante que las personas que se dedican al arte trabajen ardua y críticamente para encontrar y manifestar un propósito más o menos compartido por el colectivo artístico, para crear obras que lidien con las tensiones de la vida contemporánea y revelen algo del misterio de la existencia, y para construir una comunidad que participe del sentido colectivamente elaborado, que sostenga decididamente su trabajo y que establezca diálogos simétricos con otros grupos humanos.


SOBRE EL AUTOR:

Doménico Di Marco (@dome.dimarco) es músico, compositor, productor y gestor cultural. Desde el 2010 ha estado vinculado a diferentes agrupaciones y colectivos musicales, además de haber desarrollado una carrera como músico, productor y DJ solista. Destaca su labor liderando al equipo de diseño técnico y escenográfico del Festival de la Tigra en sus cuatro ediciones, y como co-director de la experiencia artística y escenográfica de Municipal — Música Viva, donde ha trabajado en la producción, diseño y conceptualización de más de 400 eventos, espectáculos y montajes escénicos.

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