Desde el rugido de La Tigra

09/10/2021 Administrador

Por: Ana Trujillo Ordóñez

Llegué a vivir en Santander atraída por el universo de sus artistas, dos en particular. Su casita de madera y tapia en el valle de Guatiguará, sus paredes y estantes y archivadores llenos de lienzos, cerámicas, negativos, cartas, catálogos, libros e incontables piezas de testimonio de mentes y almas creativas que tuvieron por designio nacer, crear y sobrevivir en este territorio. Llegué hastiada de las dinámicas de la ciudad capital y sus absurdos. Llegué desandando los pasos de mis padres y hermanos, que nacieron aquí y terminaron en Bogotá, donde nací yo para años después irme en busca de algo que semejara un arraigo. No fue en Bucaramanga, propiamente, donde lo encontré; la ciudad que uno se aguanta y aprende a querer, a ratos y a retazos, por el poder de lo que le sobrevive, que es el territorio; fue en los pliegues de las montañas, en la vasta Área Metropolitana, en el aire y el verde y los insospechados nacimientos y cascadas y bosques y caseríos rurales, y también en sus artistas que, como diamantes, brillan y deslumbran en sus guaridas, por la fuerza de su propia luz, ante la desidia de una masa humana que no sabe verlos ni reconocer su valor inmenso.

Vine con esa meta amplia e imprecisa de conocer y dar a conocer artistas. De conocer y hacer parte de procesos y escenas culturales. Convencida de su potencial, de su peculiaridad, de lo necesario y vital que resultaba el contraste de esos personajes y sus obstinados desvíos a la lógica de ciudad depredadora, tosca, comercial y artificiosa.

Lo cierto es que nunca había escuchado una canción de Velandia y la Tigra, pero recuerdo el día que conocí a Edson Velandia, por esos cruces de azares y redes y conexiones, en una tarde de piscina con mi recién estrenado parche veredal piedecuestano. Y apenas unas semanas después, fui por primera vez a su casa con la misión de sentarnos a hacer un Festival.

Han pasado cinco años desde entonces y escribo, ahora, desde el buche de La Tigra; con cuatro festivales hechos y un quinto en pleno alumbramiento; en el voltaje y la mixtura de emociones, impresiones, certezas y acertijos que me ha dejado la experiencia de atravesar ese proceso, el ejercicio de aprender sobre la marcha cómo se sueña, se organiza y se logra despegar y pilotear esa nave descomunal.

Busco revivir la sensación del primero. Volver a la conciencia de los comienzos. Y especialmente, de esas cosas que surgen como por designio. No sin esfuerzo –que lo hubo– pero como lo que, se sabe, no podría ser de otra manera.

Cosas de sincronía, del tiempo de germinación de las semillas que llevan años nutriéndose sin la tensión de una mente obstinada, sino más bien en la maceración de otros procesos, otros impulsos, otras batallas, otros gozos. El trabajo, pero también, o más, la vocación. Las presencias, los oficios y las trayectorias que van arando un territorio o preparando los nutrientes que harán propicia una cosecha, quizá anhelada, quizá insospechada. Una extraña combinación de ambas.

Pero claro; todo proyecto fue, en su luz primera, una idea.

Velandia la tenía. Le daba vueltas y la hacía conversación con sus compañeros de banda, de oficio y de geografía. Hacer un festival en el pueblo. Uno en el que sonara la música que no hace carreras fáciles en la radio, uno que no se construyera como experiencia exclusiva –excluyente­–, o abstraída de su contexto en una pretensión de neutralidad global e instagrameable, uno que no tuviera que doblegarse a los ánimos y las condiciones institucionales, a los vaivenes de su desidia o su culebrero interés. Había insumos suficientes. Un pueblo lleno de personajes y quijotes camuflados en su caótica cotidianidad, de procesos y bastiones de resistencias artísticas y poéticas. Esa idea alimentada de entusiasmos y arrojos. Y el tiempo que en su propia sabiduría va tejiendo los caminos y los encuentros. Entonces fue 2016, y un nuevo brío en las manifestaciones populares desembocó en un acto artístico de protesta –frustrado por la brutalidad del Esmad– que se llamó Música Pinga en la Minga, el que ahora reconocemos como el primer brote, o el impulso definitivo, de lo que meses después rugiría en Piedecuesta como El Festival de la Tigra.

Yo aún no entiendo cómo sucedió. Cómo lo montamos en tan poco tiempo. Creo que ninguno de nosotrxs, los cinco gatos que nos sentamos como “secretariado” a pilotear la nave, sabíamos cómo hacerlo de antemano. Ni sabíamos qué esperar, cómo discurriría, qué tono daría el rugido. Teníamos una fecha, el “sí” de una manada de amigos y un caudal de entusiasmo que siempre supimos reconocer como nuestro principal recurso compartido. Todo era inédito y allí estuvo la magia. Ocupar un Elefante Blanco. Montar una tarima. Abordar todo lo que nutre al universo de la cultura desde varios frentes; la gestión, la formación, el debate, el gesto artístico que es poesía o canto o escritura o ritmo, banda, armonía y danza. Vi emocionada entre el público caras conocidas y brazos extendidos y ojos brillantes y sonrisas extasiadas, tantos gozos y abrazos; comprendí que La Tigra era un organismo con vida propia, más grande que cualquier nombre, e irradiaba una energía vibrante, eufórica, esperanzadora. Tan viva.

Es imposible –o lo parece– contarlo, transmitirlo, hacerlo sentir más que entender. Repetir hasta el cansancio los nombres de artistas –con y sin obra, locales y remotos– que La Tigra ha reunido no alcanza. Rememorar postales e instantáneas que tengo fijas en la memoria, recolectar anécdotas y paisajes emocionales, propios y de tantos otros con quienes hemos atesorado esos destellos de certeza de presente perfecto, sería una labor inagotable. Porque, aunque según los estándares festivaleros se le podría considerar un festival pequeño, es tan enorme todo lo que cobija y lo que anida y lo que gesta, todo lo que en La Tigra, por alquimias maravillosas, se encuentra, nace, crece y se transforma. Ese es uno de sus sellos distintivos; más que un evento de situaciones y consumos efímeros, desechables, La Tigra es en esencia una juntanza de siembras y cosechas. Procesos. En su espontánea diversidad convergen tonos comunes: sensibilidad, autenticidad, camaradería, celebración y resistencia. Una vez Edson lo conjugó como “hacer contraste”. Y contraste, en tiempos inciertos en los que se sigue vulnerando la dignidad, la soberanía y la conexión genuina, es algo que se parece a la confianza radical, a una entrañable sensación de esperanza.

Cuatro festivales después mi asombro no se agota, pero nunca es el mismo. Puesto que no es una fórmula ni un modelo de negocios, la experiencia acumulada no lo hace cada vez más sencillo o menos desafiante; el panorama burocrático y político, la maratón de gestiones para reunir recursos públicos y privados, la inercia y el desdén de administraciones e idiosincrasias, y la complejidad propia de todo lo que crece y se transforma nos hace siempre surfear mareas nuevas, descifrar los caminos y las pintas que cada año de festival precisa. Pero La Tigra, como ya lo dije, tiene vida propia y se alimenta de las pulsiones e intercambios de quienes acuden al llamado porque son altamente sensibles a su fuerza electromagnética y resuenan con ella. Entonces, no es que la producción se haga menos vertiginosa, o más predecible, o domesticable.

Es que el cuerpo tiene memoria.

La Tigra crece.

Y su energía se expande y convoca. 

Hay pequeñas y grandes sincronías que, si bien no son planeadas, tampoco son fortuitas: que el cuarto Festival, en febrero de 2020, haya sido el último gran espectáculo multitudinario antes de los decretos de confinamiento por la crisis de Covid, y que ahora, un año y medio después, el quinto sea uno de los primeros eventos en volver a la calle y a la presencia; o que los afiches de la primera y la quinta versión los haya hecho Tatiana Mejía y que ese círculo precioso nos invite a ver a esa entonces tigrilla en trance, apenas delineándose ante un fondo negro, ahora voluptuosa, pletórica y fértil con cinco crías y en estallido naranja y rosa, con el cuerpo sinuoso en la forma del número que representa el puente, la mano alzada y mirando de frente.

Hoy escribo desde el ojo del huracán de fuerzas que ya convergen y que, en 30 horas o menos, desencadenarán otros tres días impredecibles en Piedecuesta. Sin tiempo dilatado de escritura, y más bien impregnada del magnetismo exacerbado y potente de esta quinta Tigra, no encuentro nada más preciso que invitarles a dejarse seducir y saborear y envolver por lo que sea que propicie este vector de fuerzas y corazones y voces y portentos.

Ya habrá tiempo para seguir descubriendo, decantando y celebrando la persistencia de estos refugios y estas fuerzas. El territorio y sus artistas. Sabernos, encontrarnos, dejar que La Tigra nos trague y ruja.


*Ñapa

Para quienes sientan la curiosidad de explorar las ramificaciones creativas del Festival, les invito especialmente a leer estos tres textos, escritos en tres festivales distintos, por tres almas altamente sensibles que se vieron impelidas a plasmar en palabras ese halo tan místico e inefable que tiene el Festival. A ellos y a todos quienes convergen, sienten y transforman: gracias por mantener vivas la inspiración y la esperanza. Ojalá rujamos juntxs y pronto.

https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/ruben-mendoza/la-tierra-tiembla-la-tigra-ruge-column-842314/

https://revistaizquierda.com/images/easyblog_articles/1160/Izq83_art0_20200312-205312_1.pdf


SOBRE LA AUTORA:

Ana Trujillo (@anamas_te) se formó como socióloga en la Universidad Nacional y trabaja en diferentes proyectos sociales y culturales apoyando temas editoriales y de comunicación. Se dedica a experimentar, compartir y difundir proyectos, herramientas e iniciativas enfocadas en el desarrollo de la creatividad, la sensibilidad, la sostenibilidad y la conciencia.

*Fotografía en imagen destacada por Mariana Reyes.

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