Crucificar a los cuerpos que aman cuerpos iguales

07/12/2021 Administrador
Por: BEATRIZ VANEGAS ATHÍAS

El cuerpo es el lugar donde ocurre todo. Y “todo” es, según la poeta polaca Wislawa Szymborska, una palabra insolente que finalmente es un jirón, un fragmento de la vorágine. Entonces creo yo que en ese “jirón de caos o de vorágine” ocurre el dolor, el placer, la vejez, la juventud. 

El cuerpo es un espacio político y quienes hemos amado a cuerpos semejantes al nuestro sí que lo sabemos. Sí que hemos sentido caer el miedo y la incertidumbre en la piel porque otros cuerpos se han sentido con derecho a involucrarse en esta decisión. En países rurales y católicos como Colombia ser lesbiana, homosexual, transexual, bisexual, intersexual, es poseer un cuerpo proclive para la crucifixión. Los otros, los que poseen cuerpos heteronormados, expían el desconocimiento de sí mismos, crucificando a esos seres “extraños” y “raros”. 

Desde el vestido hasta la forma como habla, el cuerpo garantiza (o no) la aceptación de la llamada comunidad o sociedad. De los tres temas a partir de las cuales giran los demás ensayos de Montaigne, el primero tiene que ver con la inadecuación física: ese sentimiento de descontento con el propio cuerpo, la intranquilidad y zozobra que produce porque se es gordo, porque se es flaco, porque se tiene un pene y allí mejor debería estar una vagina (o al contrario). Además del dolor y el viacrucis interno existe otro en el que se lacera simbólica y literalmente al cuerpo que no se ajusta a la homogeneidad.

Recuerdo ese gran cariño que me inspiraron las dos amigas (Estebana y Helena) que montaron una tienda y como si nada vivían juntas ante la solapada anuencia del pueblo de mi infancia que no se involucra de frente, pero lo hacía a través de ese martirio llamado rumor, por ellas escribí el cuento “Las Damajuanas”. Recuerdo el dolor de un familiar homosexual que tuvo que huir hacia otro país para poder ser.

Desde niña presencié estas formas de crucificar a los seres con cuerpos que amaban a cuerpos iguales. Recuerdo a Lucho, negro como la noche sin estrellas, con su cabello a lo Ángela Davis y su nariz tan ancha como sus labios. Recuerdo la historia de la limpia que le dio su padre arreador de bultos en la orilla del río cuando lo descubrió vestido de mujer a los siete años. Casi le parte las piernas. Dice que ocurrió mientras la madre suplicaba que lo dejara tranquilo, que lo iba matar, pero el padre le gritaba que era la única forma de quitarle lo marica.

Lucho alcanzó a cursar sólo sexto grado de bachillerato. Le ocurrió  igual a otros como él que se sabían adoradores de hombres y no de mujeres como mandaba la heteronormalidad: el acceso a la educación estaba vedado. Eran finales de los ochenta e inicio de los noventa cuando Lucho era un joven que empezó a usar blusas de gola con pantalones apretados. También lucía mochos, shorts y bajo el sol canicular se apropió de las calles como una gigantesca pasarela para escuchar a los adolescentes que le lanzaban piropos como flores: ¡Mamita rica! ¡Ay, loca, agarra estos picos que te tiro! ¡Adiós, Lucho, mi amor, te amo! Cuando escuchaba esos piropos se contoneaba más y se iluminaba la flor roja de su sonrisa que se expandía por todo el rostro negro y sudado.

El padre entendió que no había nada que hacer. Y no prestaba atención a nada de lo que hiciera el hijo o lo que dijeran de él, pero nunca lo echó de la casa paterna. Pero quienes hacían su fiesta con Lucho eran muchos señores “bien” del pueblo, casados, con hijos, que nunca se sintieron homosexuales porque eran ellos quienes penetraban. En esa lógica hipócrita del macho latino y caribeño. En esa lógica de que el cuerpo ocultado puede desfogarse a su albedrío.

Así que Lucho se la pasaba calle arriba y calle abajo. Se estacionaba a diario en esos remedos de discoteca que había en el pueblo, cualquier día de la semana podía encontrarse en un grill de esos tomando cerveza, por pescar –decía– cuando ya la clientela se emborrachaba y empezaba el juego de señas con los ojos, que finalmente terminaban con el desfogue en el baño. Lucho los satisfacía y se satisfacía. Y no eran aquellos hombres los pelaos que al aire libre lo piropeaban. 

Creció y necesitó trabajar y nunca pudo estudiar. Para él, como para otros del pueblo, los dos únicos colegios estaban vedados en una tácita y silenciosa negación manifiesta que, aunque ya lo habían incorporado al paisaje pueblerino, el papel en aquel escenario era el de la mancha, la loca, la que podía contaminar a los niños de primaria y bachillerato. Así que, para los padres, tener un hijo marica (la hija lesbiana era otro asunto) representaba un caos similar a tener un discapacitado en casa. Entonces, a partir de los 14 años se empleó como doméstica en casas de familia y hoteles del pueblo.  Aprendió peluquería de manera autodidacta, motilando gratis a los niños de su barrio o por cualquier peso. Llegó el boom de peluqueros y se dedicaron a ese oficio. 

A mediados de los noventa, al igual que a Chale, Lulú y a Wicho, “las maricas del pueblo” los mataron los paramilitares. Porque las maricas hacían parte del grupo de indigentes y discapacitados y había que limpiar a la comunidad. Eran cuerpos que estorbaban, que recordaban tal vez los deseos, tal vez el placer o tal vez necesitaban matarlos para que, matándolos a ellos, murieran los agites y ardores del cuerpo que ellos llevaban como una cárcel elegida, bella metáfora creada por Doris Lessing.


SOBRE LA AUTORA:

Beatriz Vanegas Athías es escritora y docente de Literatura. Majagual, Sucre, 1970. En la actualidad vive en Floridablanca, Santander. Columnista de El Espectador. Doctoranda en Letras de la Universidad de La Plata, Argentina. Sus más recientes libros: Todos se amaban a escondidas, Festejar la ausencia, Naufragar en la orilla, Llorar en el cine, Goles, chilenas y gambetas y ABColombia. Ha obtenido varios premios de poesía a nivel nacional e internacional. Sus poemas aparecen en diversas antologías de poesía colombiana e hispanoamericana. Es editora de Ediciones Corazón de Mango.

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